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CARTA DE UN MAESTRO RURAL
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Allá por el año 1953 me hice cargo de la Dirección de la Escuela
Rural Nº 44 de Catalán Grande paraje Volcán.
Escuela rural de maestro único. Su nombre , “Volcán”, que
hasta ahora lleva ese lugar, se debe a su proximidad a la tapera de
un viejo almacén donde hacían escala, con cambio de caballos, las
primeras diligencias que por esta zona hacían su recorrido en lejanos
tiempos pasados. Me recibió el primer alumno – cuarto año – que me saludó con un : “Soy Tino y vivo allí nomás...”. Un buen día “dando” historia y hablando muy teóricamente de la campaña militar de Artigas (lo trataba solamente como protagonista en combates) mencioné la Batalla de Catalán de enero de 1817. Debíamos –según el nuevo maestro y maestro nuevo- sentirnos orgullosos de que en estos lugares se hubiese derramado generosa sangre oriental en beneficio de la “plena y total libertad que ahora disfrutábamos”. Un alumno preguntó: ¿En qué lugar de Catalán? Naturalmente, no lo sabía: la cuenca del Catalán (afluente del Cuareim) es muy vasta: Catalán Grande, Catalán Chico, Catalancito, Tres Cerros de Catalán, Catalán Seco, Urumbeba, etc. Nos comprometimos en averiguar, localizar el lugar preciso, escenario de la batalla. Dividimos la tarea en dos grandes aspectos: 1) recabar información en libros y directamente de profesores e historiadores; 2) recabar información directa de los más viejos moradores de la zona. Tarea que se planificó a largo plazo pues me proponía permanecer varios años en esta escuela rural. En el primer aspecto comprobamos que en ningún libro de historia se establecía ese lugar. Recurrimos al hombre que más sabía de historia en nuestra ciudad: don Eladio Dieste. El querido profesor nos alentó en la búsqueda y ofreció acompañarnos en la tarea. Le escribimos a José M. Cusano (integrante de la Comisión pro Monumento a Artigas), a Edgardo Ubaldo Genta, a Juan Pivel Devoto entre otros. Cusano ofreció venir; nos emocionó la respuesta del general Genta; las otras cartas quizá se perdieron pues no recibimos respuesta. En el segundo aspecto –el de recabar datos entre los más viejos moradores- surgió lo más interesante e importante. Largas entrevistas y largos recorridos por estos parajes. El Presidente de la Comisión Fomento, don Héctor Pereira, el Juez de Paz, don Miguel Castillo, el Comisario don Anselmo Cabral y otros vecinos, siempre me acompañaron; para ellos mi invariable gratitud. Hicimos muchos kilómetros, andamos y desandamos caminos casi intransitables. Comenzó la verdadera formación de un maestro rural artiguense que no sabía de la enorme extensión de nuestros campos, ni de la sana hospitalidad de nuestros paisanos. Desde un cerro me decían: “Todo lo que Ud. ve, Maestro, en las cuatro direcciones es de don...”. Se repetía la explicación con el agregado de ceros a la derecha, a las miles de Has. del primero. Rebeldía, congoja, dolor, se adueñan del alma de un educador ignorante. A su vez, saludables entrevistas, muchas entrevistas, todas con peones de estancias, capataces y puesteros. Viejos todos, pobres todos materialmente, pero ricos en afectos, en expresividad de elocuente palabra emotiva... Volvía a la escuela, tonificada la esperanza y a seguir investigando y estudiando y aprendiendo y comprendiendo al gran Artigas. Ya no lo veía solamente como militar, como superhombre ganador de batallas. Se me reveló el estadista, el sociólogo, el político, el HOMBRE. Lo veía galopando por estos campos, acusador ante tanta injusticia y reafirmando su Reglamento Provisorio del año 1815... Una tarde, en su modesta casita, modesta y sencilla pero generosa y fraterna en la calidez de sus moradores, don Darío López, abuelo de Tino, confirma lo ya insinuado por otros viejos moradores: “Fue aquí nomás, Maestro, cerquita, del otro lado del paso. Mi padre lo supo de los propios labios de su abuelo. Ahí hicieron una larga zanja donde enterraron a todos juntos, hasta algunos caballos”. Continúa: “Pero Maestro hace muchos años el ejército hizo de nuevo la batalla “ ahí mismo”; vinieron muchos del ejército; yo era gurí grande y fui a ver”. Era la revelación. Junto al viejo profesor –que redobló su ayuda- insistimos en la tarea. El Inspector de Escuelas, gaucho inspector de los de antes, me autorizó a viajar a Montevideo para concurrir al Ministerio de Defensa Nacional. Se llamaba Juan Carlos Santos ese inspector. Allí llegó la confirmación: planos, fechas, distancias, total coincidencia con los viejos amigos, casi todos de piel oscura, pero de almas cristalinas, como los amaneceres de los pagos de Volcán, en Catalán Grande... Había que plasmar en algo esa alegría, esa emoción, ese trabajo, ese esfuerzo de muchos que hoy ya no están. Lo hicimos ayudados por dos escuelas vecinas, la 46 y la 9 que dirigían doña Francisca Rodríguez y Brisabel Martínez respectivamente. Se erigió una estela recordatoria que perpetúa en sencilla placa ese hecho histórico, el de una derrota militar de la gente de Artigas. Su teniente Latorre vendió muy cara la derrota... En ese lugar se hizo un gran acto patriótico, en pleno campo, a más de 50 km. De la capital departamental, en la margen izquierda del Catalán Seco y a pocas cuadras de su desembocadura en el Catalán Grande. El Concejo Departamental en pleno, presidido por el Dr. Otaix y en sesión pública inició la expropiación de una Ha. De campo donde se creó un parque forestal delineado por el Profesor del Instituto Normal, Hermes Almada. La Inspección de Primaria, que siempre apoyó el trabajo, también estuvo allí, lo mismo hicieron la Jefatura Departamental, las escuelas urbanas y rurales, el Instituto Normal, la escuela de las Hermanas Carmelitas sorpresivamente llegó con su solidaridad afectuosa. La vieja Asociación de Maestros hizo oír su voz, en memorable discurso del maestro Juan R. Napol. Un gran avión sobrevoló el campo dejando caer un paracaídas con las banderas uruguaya y de Artigas con este mensaje: “Las Fuerzas Armadas de la Nación que cumplen servicios en este departamento se adhieren por intermedio de Alas de la Patria a los festejos que se cumplen en Catalán. Firmado Tte. Coronel Dámaso Sosa”. No se borra de mi mente la “caballería gaucha” como la denominaban sus integrantes –la mayoría peones rurales- que enmarcaron simbólicamente el acto. Don Eladio Dieste paseó su patriarcal figura y no quiso hablar... Han pasado 32 años ( incluidos los 10 años de destitución) y regreso a mi querido Catalán con otro cargo y encuentro todo casi igual. Desierto verde lo invade todo. Campos incultos, latifundios cada vez más extensos, campaña despoblada. En aquel entonces 35 niños en mi escuela, ahora apenas 9. Paso revista a algunas escuelas de Catalán: Tres Cerros construcción nueva, Plan Bicentenario: clausurada por falta de niños, allí pernoctan los troperos. Escuela Nº 59 de Puntas de C. Chico: un niño!! Escuela Nº 9 de Las Piedras, nueva y hermosa construcción: me asegura la Directora que en el 88 tendrá 4 niños. Ejemplos de un campo cada día más silencioso; sin gente, sin hombres, mucho menos mujeres y niños. Miro una vieja espada, carcomida por los años bajo estas tierras, que manos desconocidas empuñaron ese día de tragedia y gloria. Con mano temblorosa por la emoción me la entregó don Juan Suárez luego de besarla, como un símbolo de la esperanza que renace siempre. Esperanza de que algún día se haga realidad aquello que Soler y Nelly lo cantaron así:
“Entre trigales dorados Ese día sí, le habremos hecho el verdadero homenaje que Artigas y sus hombres se lo merecen y esperan...
JUAN JOSE PIRIZ NOTA: |
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