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EDITORIAL


¿Qué medios tecnológicos apuntalarán nuestras formas de alimentación intelectual de aquí a, digamos, diez años? 
Quizás algunos de nuestros lectores recuerden el editorial de nuestra primera edición, donde hablábamos de  la participación de la tecnología en el rito ancestral de la lectura.
Para muchos es imposible disfrutar del placer de la lectura en un monitor y prefieren imprimir el material que consiguen en la red para al menos sentir la textura del papel. 
 La letra impresa, estamos seguros, no morirá.
A propósito, insistiendo con el tema del poder de la palabra y la lectura, reproducimos a continuación parte de un artículo tomado  de la Revista Tierra de Letras. 
“Estimula que una de las conclusiones alcanzadas por el reciente Congreso Internacional de la Lengua, realizado en Valladolid, haya sido la de que el idioma debe apartarse del tono aséptico y grisáceo que le imprime el doblaje cinematográfico, concepto expresado por Juan M. Lope Blanch, del Colegio de México, y refrendado más tarde por el argentino Ernesto Sábato, quien propuso dejar que el idioma camine en paz de la mano de los grandes poetas. "En esta hora abismal de la historia", dijo Sábato al terminar su intervención en el encuentro, "hemos de buscar en el gran arte su valor profético y misterioso porque, como muy bien dijo Jünger, 'sólo nos salvaremos por la poesía o por el fuego'".
La palabra, pues, es el motor de la historia. Bien empuñada, tiene el poder del fuego y la inteligencia de la poesía. Debate y ama, construye y acaricia. Es enemiga de sí misma cuando se enfrenta a quien la usa en la oscuridad.
Hay quien teme a la palabra, a propósito. Recientemente Umberto Eco escribió en la prensa una reseña de una interesante encuesta realizada durante la Exposición del Libro de Turín, en la que se le preguntó a varios intelectuales cuáles libros no habían leído. La pregunta no es capciosa; al contrario, Eco alaba la ocurrencia porque acerca al lector común a una realidad que a muchos asusta: hay libros que, pese a ser culturalmente imprescindibles, son de difícil -y, según la personalidad de cada quien, imposible- lectura.
Los resultados de la encuesta fueron reveladores: escritores que nunca han leído una obra completa de Proust o Tolstoi, que pasaron de largo a Virginia Woolf y nunca soportaron a Aristóteles; teólogos que dejaron a Santo Tomás enterrado en los anaqueles. Acota Eco que esto es "más que natural, porque obras de ese género las leerá puntillosamente, desde la primera a la última página, sólo el que hace la edición crítica". Y termina su exposición, después de hacer unas operaciones que sugieren un tiempo de cerca de doscientos años para leer todas las obras importantes de la literatura mundial, dando una palmada en el hombro a usted y a nosotros: "Tranquilícense, pues, los lectores. Se puede ser culto, ya sea habiendo leído 10 libros o 10 veces el mismo libro. Deberían preocuparse únicamente los que nunca leen libros. Aunque por esa misma razón, ellos son los únicos que jamás tendrán preocupaciones de este género".

                                               Hasta la próxima
                                                  José Salvador
 

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