| INVIERNO
Odiaría al invierno por el resto de su vida.
Lo odiaría por aquel ulular. Aquel ulular continuo, lejano,
insoportable, que oía en las duras mañanas heladas, casi enseguida
de izar la Bandera, que quedaba flameando, ganándole al techo de
paja brava de la Escuela, ganándole a la copas de los naranjos que
la rodeaban.
Aquel aullido tembloroso la traspasaba.
Corría por el patio. Gritaba a la columna de túnicas que
empezaba a bajar el cerro, tratando de animarlos para que apuraran
el paso.
El primero, el que encabezaba la marcha, quebraba, con sus
piecesitos casi desnudos, la escarcha que cubría el campo.
Detrás venían los otros, haciendo con sus pasitos lentos un
caminito verde.
Venían con sus túnicas blancas y raídas sobre sus cuerpos
ateridos, apretando con los dos brazos, contra el pecho, el cuaderno
y el lápiz.
Y de aquella columna, blanco sobre blanco, salía aquel ulular que
se escapaba por entre sus dientes.
Y ella gritaba para apresurarlos, gritaba para no oír. Y no
conseguía nada. No podían apurar el paso.
Los llevaba directamente a la cocina, donde el fuego a leña
empezaba a entibiar la enorme olla de agua, en la que se prepararía
el guiso ensopado del mediodía, para todos.
Allí tenía que arrancarles el cuaderno, aprisionado entre los
brazos entumecidos y uno a uno, los hacia abrazar la olla tibia
hasta que sus caritas lívidas recuperaban el color.
Entonces los colocaba contra la pared, cerca del calor del fuego y
les daba galletas que empezaban a roer lentamente, mudos, absortos,
asombrados, sin comprender por qué lloraba la maestra.
DESPUES
DEL TEMPORAL
Maestra: yo vine sin túnica porque no sé dónde está, ni tampoco
mis cuadernos, pero es seguro que se los llevó el río porque no
pudimos sacar nada. Anteayer de noche, después de todo aquel
temporal, nos despertamos como a las tres de la madrugada, con un
ruido infernal. Cuando miramos para afuera, nos encandilaron
las luces de los camiones de la Intendencia, que estaban todos a una
cuadra más arriba, con los faros encendidos y meta bocina.
Unos hombres gritaban de allá que saliéramos enseguida y
dejáramos todas las puertas y ventanas abiertas, que se venía el
río.
El agua ya nos andaba por las piernas. Y es cierto que se cae
la casa si no se abren las puertas, porque la casa de los
Núñez-areneros, que tenía una pared entera para el lado del río,
se calló todita y eso que era de ladrillos.
Nosotros ni estábamos bien despiertos y papá ya había empujado a
mamá y a la Matilde, que estaban cerca de la puerta, para arriba
del techo de la casa, en aquella oscuridad y con toda aquella lluvia
que seguía cayendo. Después que subió a las mellizas, que apenas
saben caminar, papá se fue, tanteando, a la cuna, a buscar a mi
hermanita de cinco meses, pero el agua ya la había tapado. El
Huguito, el Diego y yo, estábamos a los berridos arriba del fogón
de la cocina. Salimos todos juntos, prendidos en la espalda de
papá, que andaba a los tumbos hablando y hablando, pero nadie le
entendía nada porque todo el mundo gritaba. El agua hacía un
ruido como de tren por dentro de la casa, y traía matorrales y
bichos desesperados que se nos trepaban encima.
Del techo nos sacaron en bote, para los camiones que nos fueron
dejando por aquí y por allá.
Los Suárez y los Núñez-ladrilleros se quedaron para tratar de
salvar algo. Se fueron, agarrados unos en los otros en medio
de aquel torrente negro que les llegaba a los hombros, al callejón
que lleva a la picada, porque por allá sale la correntada que se va
llevando todo.
Se ataron a los árboles y pescaban lo que podían de aquel montón
de cosas que se iba aguas abajo. Dicen que de pronto el Dago
Nuñez se puso a gritar como loco y que después no lo oyeron más,
por más que lo llamaron. A las horas, con las luces de la
madrugada, lo pudieron encontrar, muerto, atado al árbol. El
doctor dice que fue picadura de víbora. Lo enterraron ayer de
tardecita, en el cementerio de aquí, pero nosotros habíamos salido
mucho más temprano, en la carretilla de mi padrino, para el
cementerio de la Guayubira, a llevar a mi hermanita, porque allá
está toda la familia de papá. La carretilla iba llenita,
pero igual nos acompañaron dos amigas de mamá, que estaba deshecha
de tanto llorar. Y eso que ni fuimos todos maestra, porque al
Diego y al Huguito todavía no los pudimos encontrar. Dicen
que el Huguito está con la gente que quedó en los galpones de
A.F.E. y que al Diego lo dejaron con los que están en los
depósitos de O.S.E. Mamá y las mellizas están en el Mutuo
Socorro de los italianos, y papá nos trajo hoy tempranito a la
Matilde y a mí a la Escuela, para que nos diesen ropa y
comida. Ahora mismo se fue a buscar al Huguito y al Diego para
dejarlos acá.
Después se va enseguida para la estancia de los Albanzor, que le
mandaron decir que no falte al trabajo, que bastante suerte tuvo de
conseguirse una changa en la esquila.
Violeta Rodríguez
Arregui - AJENJO 1994 (AGOTADO) |