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Edición Nº 3
22 / 07 / 99

Violeta Rodríguez Arregui


La autora:
              Violeta Rodríguez Arregui, artiguense, maestra desde los 19 años, trabajó siempre en escuelas rurales y urbanas de este Departamento norteño.
              Fue profesora de Pedagogía en el Instituto Normal, para el que dirigió el programa de Televisión Educativa por Canal 3 de Artigas y realizó conferencias sobre asuntos pedagógicos y sobre la niñez desvalida que siempre la preocupó.
              También fue alumna del Taller de pintura de Hugo Soto y expuso sus obras en Quaraí, Artigas, San José de Mayo y Montevideo.
              Escribe poesías y cuentos. Su última obra recibió una mención honorífica en el Concurso Literario Municipal, organizado por la Intendencia Municipal de Montevideo en 1998. 

 



El País Cultural - Nº 233, pág 15 - Viernes 22 de Abril de 1994

AJENJO de Violeta Rodríguez Arregui. Editora New Graf. 84 págs. Artigas 1994

Una larga trayectoria como maestra en el medio rural avala el conocimiento que tiene Violeta Rodríguez Arregui tiene sobre el medio y los personajes de sus cuentos. 
En estilo limpio y vigoroso, la autora pasea su mirada por un mundo inclemente donde sobre viven personajes abandonados de la mano de Dios. Las catástrofes de una inundación, el desamparo de la infancia, la pérdida de las ilusiones, la locura y la muerte, son los temas de la mayoría de sus historias. Una zona fantástica, emparentada con la ciencia ficción, cierra el volumen mostrando la capacidad de la autora para enfrentar diferentes registros.


 De su primer libro "Ajenjo", actualmente agotado, ofrecemos dos cuentos: "Invierno" y "Después del Temporal".
 

INVIERNO

       Odiaría al invierno por el resto de su vida.
       Lo odiaría por aquel ulular.  Aquel ulular continuo, lejano, insoportable, que oía en las duras mañanas heladas, casi enseguida de izar la Bandera, que quedaba flameando, ganándole al techo de paja brava de la Escuela, ganándole a la copas de los naranjos que la rodeaban. 
       Aquel aullido tembloroso la traspasaba. 
       Corría por el patio.  Gritaba a la columna de túnicas que empezaba a bajar el cerro, tratando de animarlos para que apuraran el paso. 
       El primero, el que encabezaba la marcha, quebraba, con sus piecesitos casi desnudos, la escarcha que cubría el campo.
       Detrás venían los otros, haciendo con sus pasitos lentos un caminito verde.
       Venían con sus túnicas blancas y raídas sobre sus cuerpos ateridos, apretando con los dos brazos, contra el pecho, el cuaderno y el lápiz.
       Y de aquella columna, blanco sobre blanco, salía aquel ulular que se escapaba por entre sus dientes.
       Y ella gritaba para apresurarlos, gritaba para no oír.  Y no conseguía nada.  No podían apurar el paso.
      Los llevaba directamente a la cocina, donde el fuego a leña empezaba a entibiar la enorme olla de agua, en la que se prepararía el guiso ensopado del mediodía, para todos.
       Allí tenía que arrancarles el cuaderno, aprisionado entre los brazos entumecidos y uno a uno, los hacia abrazar la olla tibia hasta que sus caritas lívidas recuperaban el color.
       Entonces los colocaba contra la pared, cerca del calor del fuego y les daba galletas que empezaban a roer lentamente, mudos, absortos, asombrados, sin comprender por qué lloraba la maestra.

 


DESPUES DEL TEMPORAL

       Maestra: yo vine sin túnica porque no sé dónde está, ni tampoco mis cuadernos, pero es seguro que se los llevó el río porque no pudimos sacar nada.  Anteayer de noche, después de todo aquel temporal, nos despertamos como a las tres de la madrugada, con un ruido infernal.  Cuando miramos para afuera, nos encandilaron las luces de los camiones de la Intendencia, que estaban todos a una cuadra más arriba, con los faros encendidos y meta bocina.  Unos hombres gritaban de allá que saliéramos enseguida y dejáramos todas las puertas y ventanas abiertas, que se venía el río.
       El agua ya nos andaba por las piernas.  Y es cierto que se cae la casa si no se abren las puertas, porque la casa de los Núñez-areneros, que tenía una pared entera para el lado del río, se calló todita y eso que era de ladrillos.
       Nosotros ni estábamos bien despiertos y papá ya había empujado a mamá y a la Matilde, que estaban cerca de la puerta, para arriba del techo de la casa, en aquella oscuridad y con toda aquella lluvia que seguía cayendo. Después que subió a las mellizas, que apenas saben caminar, papá se fue, tanteando, a la cuna, a buscar a mi hermanita de cinco meses, pero el agua ya la había tapado.  El Huguito, el Diego y yo, estábamos a los berridos arriba del fogón de la cocina.  Salimos todos juntos, prendidos en la espalda de papá, que andaba a los tumbos hablando y hablando, pero nadie le entendía nada porque todo el mundo gritaba.  El agua hacía un ruido como de tren por dentro de la casa, y traía matorrales y bichos desesperados que se nos trepaban encima.
       Del techo nos sacaron en bote, para los camiones que nos fueron dejando por aquí y por allá.
       Los Suárez y los Núñez-ladrilleros se quedaron para tratar de salvar algo.  Se fueron, agarrados unos en los otros en medio de aquel torrente negro que les llegaba a los hombros, al callejón que lleva a la picada, porque por allá sale la correntada que se va llevando todo.
       Se ataron a los árboles y pescaban lo que podían de aquel montón de cosas que se iba aguas abajo.  Dicen que de pronto el Dago Nuñez se puso a gritar como loco y que después no lo oyeron más, por más que lo llamaron.  A las horas, con las luces de la madrugada, lo pudieron encontrar, muerto, atado al árbol.  El doctor dice que fue picadura de víbora.  Lo enterraron ayer de tardecita, en el cementerio de aquí, pero nosotros habíamos salido mucho más temprano, en la carretilla de mi padrino, para el cementerio de la Guayubira, a llevar a mi hermanita, porque allá está toda la familia de papá.  La carretilla iba llenita, pero igual nos acompañaron dos amigas de mamá, que estaba deshecha de tanto llorar.  Y eso que ni fuimos todos maestra, porque al Diego y al Huguito todavía no los pudimos encontrar.  Dicen que el Huguito está con la gente que quedó en los galpones de A.F.E. y que al Diego lo dejaron con los que están en los depósitos de O.S.E.  Mamá y las mellizas están en el Mutuo Socorro de los italianos, y papá nos trajo hoy tempranito a la Matilde y a mí a la Escuela, para que nos diesen ropa y comida.  Ahora mismo se fue a buscar al Huguito y al Diego para dejarlos acá.
       Después se va enseguida para la estancia de los Albanzor, que le mandaron decir que no falte al trabajo, que bastante suerte tuvo de conseguirse una changa en la esquila.

 


Violeta Rodríguez Arregui - AJENJO 1994  (AGOTADO)

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