| OTRA
DE IBRAHIM
Vecino y compadre de Ibrahim – también compañero de
trabajo en el corte de caña – era el Argencio.
A diferencia de
Ibrahim, que era hombre solo, su amigo tenía familia numerosa: mujer y
varios hijos. Pero como no habían venido hijos varones, Argencio
acostumbró a las muchachas a ayudar en el corte, como hacían otros con
los hijos machitos.
Eran cuatro,
entre diez y catorce años. Morenas de raza y de soles, la crin basta y
desteñida de intemperie, delgadas y fuertes como tientos de cuero, sucias
de tizne y de maltrato hasta perder todo su naciente atractivo de hembras.
Un día
trabajaban lado a lado los dos compadres. Uno, solo con su herramienta; el
otro, secundado por las hijas, que acarreaban la caña cortada hasta la
punta del surco.
En eso, una de
las mozas descuidó el trabajo. Sin alterarse, el padre sacó de la
cintura un duro cinturón de cuero reseco, con el que sujetaba los
maltrechos pantalones, y golpeó cruelmente a la chica, que soportó el
castigo en silencio, probablemente habituada a él.
Ibrahim,
furioso, soltó la cortadora y se vino derecho a encarar al amigo.
- Isso nao se faz, meu
compadre. Tu bate numa moça só depois de bater neste homem.
Y, agrandado
tal vez por la tímida mirada de gratitud que de reojo le dirigió la
niña, continuó apostrofando al compañero, ya a voz en grito y a punto
de pelea.
-¡Só depois
de bater neste homem! ¿Ta me ouvindo, compadre? ¡Só depois de bater em
mim!
Argencio no le
dijo nada. Se apartó de la hija y se aproximó al compadre.
Levantó de
nuevo el cinto que aún tenía en la mano y lo bajó sobre Ibrahim con la
misma calma con que había castigado a la chica.
Lo persiguió a
cintazos por todo el tablón, hasta que lo metió debajo del camión
carguero.
Allí se le
escapó el cinto, que rodó a los pies del otro.
Saliendo de abajo del
camión, Ibrahim le alcanzó el cinto respetuosamente.
- Agora sim, compadre. Pode
bater na moça. ELAINE
MENDINA DE SU LIBRO IBRAHIM Y LOS OTROS EDICIONES MONTE SEXTO 1990
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La que precede al parte policial,
la que no se escribe.
Hace un frío de la gran siete y el Ruso no viene. Tengo hambre. Hoy fui
al comedor de la escuela, pero no me dejaron quedar. Dicen que si no voy a
la clase no puedo ir solo al comedor. Bueno, que me importan esas babosas.
Todavía tengo cigarros, pero no tengo fósforos y además no me conviene
que me vean.
De aquí puedo
vigilar al viejo Coria. Hace como una hora que está haciendo cuentas
arriba del mostrador, el viejo...Le brilla la pelada a la luz de la
lámpara. Digo yo que son cuentas. Yo las cuentas aprendí, en la escuela.
Fue lo único, creo. Y a leer, pero más o menos. La maestra Marta me
enseñó. Era buena la maestra Marta.
Al menos, no
era tan babosa como las otras. Cuando no había ido a clase y aparecía en
el comedor, se hacía la chota.
Una vez me
llevó a los tirones a la dirección porque llegó y me estaba trompeando
con Marcelo. Me llevó con el maestro Julio, el secretario. Pero no me
hicieron nada: me hablaron, nomás.
Estaba en
cuarto y no me iba tan mal, al menos las cuentas las sacaba primero que
todos.
Al otro año
fue que el Cholo la cagó. Lo agarraron carneando en lo de Cancela. El
Carancho se escapó, pero al Cholo y al Mulita los agarraron y todavía
están en Artigas. Dicen que lastimaron un milico. Seguro que fue el
Mulita, que siempre fue cuchillero, porque el Cholo no mataba ni una
cucaracha. Bueno, mataba ovejas. Ajenas.
Ahí tuvimos
que salir con Arturo a trabajar y ya no iba casi nunca a la escuela.
Salíamos a vender los chivos y nos daban un tanto por lo que vendíamos,
pero era una miseria.
Quisimos ir a
ayudar en el corte cuando la zafra, pero no nos dieron bolilla. El flaco
dijo que nos iba a llevar para engavillar, pero no nos llevó nada. Fue
culpa de Arturo, que mete relajo y después nos corren a los dos, pero
igual capaz no nos dejan, porque éramos muy chicos. Yo tenía diez años
y Arturo nueve. Ahora voy a cumplir catorce y si no quiero no voy más a
la escuela, pero si no voy no puedo entrar al comedor.
Mis hermanas
van: Claudia, Helena y la Yoli. Helena es buena, saca notas lindas. Dice
que va a ser maestra. Si, si, maestra... será que no se ve, con esas
patas embarradas, de chinelas de goma y ese pelo de estopa lleno de
liendres...
Las maestras
van limpias. Cuando llegan reniegan del barro, se limpian los zapatos con
hojas de blok. Mirá yo limpiándome cada vez que me embarro...mi casa
está en el medio del barro, en el medio mismo.
Bueno, si no lo
agarran al Cholo, quien sabe...estábamos hasta haciendo otra pieza, para
que las gurisas durmieran aparte.
Una vez la
maestra Ana le comentaba a otra que ella era de familia muy pobre pero
igual la mandaron a estudiar. Ella vive en Artigas, por eso pudo. Acá hay
liceo o UTU y gracias.
Así mismo, no da para ir.
De donde uniforme, zapatos, todo eso. La asignación no da. Y las changas
del Cholo. Cuando se empeda y pasa tres o cuatro días sin ir, peor
todavía.
La puta con el
Ruso que no viene. El viejo terminó de hacer cuentas, va a apagar la luz.
Pero si no viene el Ruso, yo solo no me animo a romper el vidrio de la
vidriera. El dijo que traía el fierro, unos trapos para envolver y otros
para poner en el piso para que hiciera menos ruido el vidrio al caer...Yo
solo tengo piedras. Si tiro y viene gente, me agarran enseguida. Preso no
me ponen porque soy menor, pero me llevan para el albergue como al
Mascafierro el otro año.
Si viene el
Ruso y hacemos lo que tenemos pensado, me voy a llevar un salame entero,
además de todo.
El Ruso dijo
que no, que solo la plata, que no se puede perder tiempo y hay que
disparar enseguida, pero yo tengo mucha hambre y si nos llevamos la plata
y hay que esconderse no podemos comprar nada, y también, dónde a esta
hora...Deben ser como las dos.
El Ruso no
viene, qué carajo...
Esos salames
son ricos. Toninha siempre me invitaba.
Si el Ruso no viene, yo
rompo nomás con la piedra. Entro, agarro y disparo.
Le voy a dar un
ratito más, y si no viene...Hay pan ahí adentro, también.
Y galletitas de chocolate. ELAINE
MENDINA DE SU LIBRO IBRAHIM Y LOS OTROS EDICIONES MONTE SEXTO 1990 |