| DOÑA
MIMOSA Y LA TORMENTA Allá
por mis tierras, cuando el verano afloja entrando al entretiempo del
otoño, las tormentas son temibles. No olvido una, casi una, con la
que recuerdo a Mimosa de Deus, una viejita que había quedado como
olvidada del tiempo, en las ásperas tierras del Cuaró; pegada como
un líquen a los rocosos cerros de Tacur; viviendo en una casita tan
hecha de cerro que no parecía ser otra cosa que un pedazo del que
la sostenía. Allí en lo alto, como haciéndose a un lado del
camino que une Paguero con Santiño, su casa era un punto de
referencia y una hospitalaria parada para cubrirse del sol abrasador
y tomar agua fresca, o de un pampero más arrachado que de
costumbre, o de una tormenta súbita y – después lo supe –
librarse de un mal o un dolor. Habiendo
salido de la estancia en un indeciso estado tormentoso, se me había
advertido allegarme a lo de doña Mimosa, si la tormenta se
desbocaba. Pues bien, cuando terminamos la dura cuesta, desde allí,
justo desde la cúspide, vimos – pues mi caballito también se
inquietó – que el cielo se iba a volver pedazos, por el tronar
que los valles repetían, mientras un oscurecimiento repentino
anochecía al casi mediodía. Cuando guié hacia la casita, el overo
pareció entender y apuró el paso. Antes
de apearme ya doña Mimosa estaba dándome su sonriente buenos
días, y me llevó al galpón donde instalé mi caballo entre perros
confianzudos y oledores, y matronas gallinas orondas que se
susurraban píos tranquilizadores, mientras familiarmente caminaban
casi entre las patitas de la vieja. Los
árboles, casi todos paraísos cargados del verdor del verano,
estaban, por el brusco cese de la brisa, concentrados, atentos a
aquello que parecía prever el fin del mundo. De un mundo que la
oscuridad se nos había achicado a unos pocos cerros esfumados. Y
nosotros allí. Y Mimosa, sonriente:
-¡Tormentón
macho! Capaz de mover un cerro. Pero todo en este mundo tiene cura y
a mí no me gusta que me muevan el techo. Noté
que no había tomado las precauciones comunes ante una tormenta, o
tormentón macho, como decía. No se había dado el trabajo de
cerrar ventanas y puertas y andaba con sus pasitos de pajarito
viejo, en su jardín, cortando con cuidado ramitas de romero. Con
ellas entró a la casa y salió llevándolas con una copa de agua y
un hacha, y como diciéndome “Ya vas a ver”, con sus sonrientes
ojitos candorosos de niña vieja, mientras las centellas estallaban
en seco sobre nuestras cabezas. Ella
allí, mínima, manojito de huesos enropados, casi un ademán; allí
en su jardín sediento, entre las flores finales del verano,
sonriente bajo la cúpula negra, sin saber qué hacer con la
tormenta: si desviarla hacia un lado o hacia otro, o partirla al
medio con el hacha – a la que rociaba con el agua de la copa
mediante el ramito de alecrín. Se
despertaba el viento huracanándose, trayéndonos el olor dulzón
del capín entre el polvo de la cuesta, mientras los relámpagos
desgarraban el cielo emplomado. La vida parecía suspenderse
adelantándose a la catástrofe inminente. Y
ella allí, diciendo: -¡Te
voy a dar! ¡Yo te acomodo! Sólo
quedaba nuestro cerro: la negrura nos había comido el resto, el
viento empezaba a peinar los paraísos con un aire sulfurado,
macizo, alargador del aliento. Y ella allí, en medio de sus plantas
raquíticas bajo un cielo que se despedazaba en truenos y refucilos.
Un ser en su límite, desafiando la bravura de una tormenta
desencadenada, - en ese suspenso grávido de los grandes momentos -
; haciendo gestos decididos, mandantes, en no sé qué falas contra
Santa Bárbara, o diciéndole no sé qué ruegos imperativos, pues
el tronar me borraba sus voces. Y
la tormenta bajó la cabeza, y una lluvia mansa, como una disculpa,
empezó a caer, mientras el campo y el cielo volvían a ser los
nuestros mismos.
IGNACIO
OLMEDO DE SU LIBRO “YARAO” (BIEN SE LAME EDITOR) 1991
FRONTERAS Cinco
días de huída le pulieron la habilidad animal de andar y andar
logrando casi siempre pasar inadvertido. Había incorporado a su
marcha el reptar, el deslizarse, el arquearse; el detenerse a tiempo
y el disparar celérico; el permanecer inanimado; el trepar
aprovechando el mínimo apoyo sin hacer rodar una piedrita.
Viboréandose. Venadeándose. Con la sabiduría segura de la sierpe
para superar un escollo y con la intuición certera del guazubirá
para encontrar un vado.
Aprendiendo a pasar
entre un rebaño o un vacaje sin despertar desconfianza que desatara
estampidas que pudieran delatarlo. Toda
su inteligencia y todo su coraje en cada movimiento, administrando
su sangre golpeadora y el aliento que le reventaba el pecho, para
cada paso, al que había aprendido a sumarle el silencio y el gesto
mínimo. Cuidándose, controlándose, exigiéndose lo certero para
distanciarse del capataz Camanduá, que había quedado, por su mano,
tendido en un revolcadero de polvo y resuellos, con el pecho
atravesado por una estaca preparada amorosamente con todo su rencor. Durante
dos días corrió y marchó sin respiro; tratando con desespero de
alejarse cuanto dieran sus fuerzas. Sin parar. Sin comer. A agua.
Después, durmió casi todo un día en medio del monte, en un hoyo,
acurrucado, fetal, con la mordida continua del hambre y en un sueño
cruzado de ladridos, galopes, latigazos, bramidos, insultos y
sudores.
Temblando de frío, su
hambre y su cansancio; por primera vez solísimo; tan sólo
acompañado por los monstruos que produce la razón y por las moscas
buscadoras de sus llagas. Sabía,
desde el comienzo de la fuga, que sólo después de los cerros
largos, sólo después de vadear un río, llegaría a la tierra sin
esclavos; sin embargo, desde la primera hora su mirada buscó,
escalando la distancia, los cerros azules en dirección al poniente
que había elegido como rumbo. Pero fue recién al amanecer del
quinto día de marcha cuando finalmente vio
los cerros buscados. El
Yarao, a la distancia borroso, azulino, humoso, pero nítido para su
corazón que redobló conmovido. Buscó
entonces seguir una hondonada excavada profundamente por un arroyito
en la tierra rojiza, y siguiendo el hábito adquirido de descansar
bien escondido, luego de beber hasta la náusea, se mojó la cabeza,
los brazos y los hombros y remojó los pies de grietas abiertas por
la inchazón, antes de reptar hasta el cubierto de unos arbustos.
Faltaba muy poco; tal
vez un día y una noche, si no encontraba una casa que le impusiera
un rodeo. Sí, tal vez al fin de la noche siguiente pasaría el
paso, y por el layeado del Yuquerí llegaría a la tierra donde
sería libre. Se
estiró cuanto pudo y cuanto se lo permitían los costurones resecos
de sus espaldas, abiertas a latigazos entrecruzados desde la nuca a
la cintura, reabiertos mil veces en el trajín de la huída. Esperó
que clareara totalmente para trepar a un promontorio y desde allí
otear buscando caminos, senderos o arboledas plantadas que
denunciaran la proximidad de viviendas. El descanso y el frescor de
la hora tonificaron su cuerpo y clarificaron sus pensamientos,
relegando al animal acosado hasta hacerlo sentirse más dueño de
las circunstancias. Hizo
un claro balance de sus fuerzas (de las escasas fuerzas que le
quedaban), sin dejarse engañar por la esperanza, que loca intentaba
magnificar sus poderes. Lo
último que había comido, de sustancia, había sido una nidada de
teros al atardecer del día anterior; ahora sentía el
estómago cargado de agua en una llenez incómoda y engañosa. La
espalda le ardía afiebrada con pulsaciones, y sería peor cuando
calentara el sol. Sus pies no daban más; el dolor era cada vez más
intenso cuando reemprendía la marcha, y demoraban en volverse lo
necesariamente insensibles. Pinchazos y desgarrones los fueron
tornando más vulnerables, empeorando el dolor de los tendones del
talón que le había quedado a consecuencia de los días de cepo
anteriores al castigo. Por
lo tanto ésta tendría que ser la última jornada. El
cuchillito corto y de hoja ancha – que no sabe quién puso en su
mano cuando proclamó la fuga – no serviría más que para una
última e inútil resistencia. Al
levantarse, también se percató de que su olor intensificado, en
vaharadas de catinga, subió como para recordarle que su huella
fácilmente podría ser seguida por los mastines. Determinó
marchar hasta los cerros en línea recta y luego seguir bordeando la
primer corriente que fuese hacia el río, que sabía vadeable por un
layeado donde el curso se explaya casi sin barrancas. Una
empecinada firmeza lo hizo llegar, al cabo del día, a la escarpada
y abrupta vecindad de los cerros, cuando la asombra la ennegrecía. Luego,
una luna casi redonda lo ayudó en aquella noche larga; luna que se
evaporó con las claridades del alba, cuando todo hacía presentir
la proximidad del Quareim, ya con horas de espaldas al Yarao. Una
niebla finísima sobrevolaba el río, siguiendo una amplia curva
encañonada entre barrancas bordeadas de bosque; la ligera planicie
pedregosa de losas oscuras, ensanchaba el cauce hasta duplicarlo. Entró
al agua resbalando por el verdín musgoso que cubría las lajas, por
eso se tendió dejándose llevar por la corriente. Al fin, ya en la
otra orilla, se volcó de espaldas - ¡por fin de espaldas!-
dejándose flotar, ablandar, infiltrar por el agua más tibia que el
aire; respirando a todo pulmón sus primeros aires de libertad. Al
mismo tiempo sintiendo ganas de abandonarse, irse hasta el
fondo con su pequeña victoria y dejarse en un morir liberador del
cuerpo lacerado. Pero se enderezó como pudo, permitiéndose gemir
por primera vez; hasta dándose la libertad de oir sus quejidos que
ahora ya no era preciso silenciar. Se
apoyó en las piedras del borde y tuvo fuerzas para salir,
chapoteando en el barro que formaba el agua que escurrían sus
ropas, y siguiendo un trillo comenzó a internarse en un bosquecito.
Fue cuando oyó los gruñidos y ladridos de una perrada que se le
venía encima.
Yuquerí, 7
de setiembre de l876.
Don Alejo Rodríguez
Vaz
Valentines Apreciado
amigo: Hace cuestión de un mes me vengo acordando de usted. ¡Ah,
si lo tuviera cerca! Seguramente hubiéramos discutido largamente, y
usted con esa malvada ironía con que disfraza sus buenos
sentimientos, me habría aportado sus latinazgos, pasando por alguna
epístola a los Corintios y su iluminado Rousseau hasta llegar a los
aires que con atraso están soplando en estas tierras. Reconozco,
ahora que lo pienso, que por la distancia me he librado de esas
arteras maquinaciones con que gusta solazarse embretándome en
corrales de ramas con sus traposas disquisiciones –que yo sé no
son más que una pudorosa máscara para su no asumido cristianismo-
¿Ve cómo soy capaz de alfilerazos? Voy
al grano y le detallo para que se haga cargo: Tempranito
en la mañana en una recorrida por la costa, los perros (entre los
que iba el galgo que usted me regaló) con gran barullo se le fueron
encima a un negro que parecía salido del infierno, si no fuera que
venía chorreando agua por haber vadeado el paso que usted conoce. Tuve
que galopar y, a fuerza de gritos y latigazos, ponerlos lejos del
infeliz desconocido, que estaba armado, empuñando un cuchillito
grueso y bufando como el bicho acosado que era. Dudé
qué hacer, al no saber el grado de peligrosidad que tendría. Pero
al verlo tambaleante y tan necesitado de auxilio, desmonté
arrojando lejos el arreador. El dejó caer el cuchillito cuando
intentó entregármelo y por poco se fue al suelo si no lo sostengo
a tiempo. Me
lo llevé al puesto (no a la estancia) pues, reconociendo que era un
negro fugado, pensé que mejor y más secretamente lo podría
guardar allí, donde tengo una pareja de morenos viejos de mi total
confianza. Así
lo tuve escondido, con el cuidado de ellos, que tuvieron que
atenderle desde los laceramientos hasta una fiebre de la que costó
salir, enmagreciendo mucho. Le ahorro los detalles en honor a su
buen gusto. La cosa es que salió de aquel estado lamentable y lo
llamé “Francisco” (libre), que seguramente usted apreciará
como apelativo. Dejo que le busque un apellido que le convenga;
mejor si portugués, porque a un hombre de veinticinco años no se
le desprenderá fácilmente el sotaque. Francisco
no nos defraudará: hasta en el porte se le nota que tiene carozo;
es de andar altivo y mirada firme, que dan indicio de que dignidad
le sobra (Usted acotará que la dignidad nunca ha estado de más en
estos y otros tiempos), además de haberlo demostrado. En
el estado que va, va derecho a la invernada; pero un hombre fuerte,
y de buena dentadura, se recuperará en poco tiempo. Aguántemelo el
lapso que tome en reponerse, y después que haga lo que quiera. Va
con algún dinerito por si decide marcharse. Aquí
no puedo esconderlo más pues, aun bajo mi protección, en esta
desdichada frontera donde hasta la mano de Dios es insegura, cada
día está más en peligro. Espero que el acompañante de Francisco
me traiga una de esas lindas cartas suyas que, aunque me revuelven
los sesos, dan consuelo a estas soledades. Suyo, afectísimo su
amigo. Luis
Lima Barreto. IGNACIO
OLMEDO DE SU LIBRO YARAO (BIEN SE LAME) 1991 |