ELAINE MNDINAAtrásAnteriores - Página PrincipalSiguienteELAINE MENDINA

IGNACIO OLMEDO


El artiguense IGNACIO OLMEDO, desde hace muchos años, es conocido a nivel internacional como artista plástico. Actualmente radicado en Maldonado, ventana que le facilitó mostrar su obra al turistas de otros países en donde goza de merecida fama. 
En el año 1991 “NACHO” nos vuelve a sorprender gratamente, al revelar el talento del escritor que llevaba escondido, y con la publicación de su primer libro YARAO, se gana el elogio de la crítica y del público, agotándose la muy bien cuidada presentación de la obra con el diseño de la cubierta de su hija Inés, editado por BIEN SE LAME EDITOR (Léase el propio escritor)
Usando sus propias palabras, “En suelo brasilero a un paso de la frontera, se alza el cerro Yarao dentro de un conjunto tan insólito y hermoso que desde los tiempos de las misiones es punto de referencias, con el agregado de su mítica salamanca”.
Algunos de los cuentos reunidos en YARAO, merecieron por unanimidad el Primer Premio en el Concurso de Cuentos “Los Nuestros” el año 1989, por entender que conforman una unidad temática y estilística poco usual en nuestra literatura, sabrosa y vital en su relevamiento de lenguaje y costumbres mestizados, en una artesanía literaria a la vez refinada y popular.
Hoy presentamos los siguientes :
 
DOÑA MIMOSA Y LA TORMENTA

Allá por mis tierras, cuando el verano afloja entrando al entretiempo del otoño, las tormentas son temibles. No olvido una, casi una, con la que recuerdo a Mimosa de Deus, una viejita que había quedado como olvidada del tiempo, en las ásperas tierras del Cuaró; pegada como un líquen a los rocosos cerros de Tacur; viviendo en una casita tan hecha de cerro que no parecía ser otra cosa que un pedazo del que la sostenía. Allí en lo alto, como haciéndose a un lado del camino que une Paguero con Santiño, su casa era un punto de referencia y una hospitalaria parada para cubrirse del sol abrasador y tomar agua fresca, o de un pampero más arrachado que de costumbre, o de una tormenta súbita y – después lo supe – librarse de un mal o un dolor.

Habiendo salido de la estancia en un indeciso estado tormentoso, se me había advertido allegarme a lo de doña Mimosa, si la tormenta se desbocaba. Pues bien, cuando terminamos la dura cuesta, desde allí, justo desde la cúspide, vimos – pues mi caballito también se inquietó – que el cielo se iba a volver pedazos, por el tronar que los valles repetían, mientras un oscurecimiento repentino anochecía al casi mediodía. Cuando guié hacia la casita, el overo pareció entender y apuró el paso.

Antes de apearme ya doña Mimosa estaba dándome su sonriente buenos días, y me llevó al galpón donde instalé mi caballo entre perros confianzudos y oledores, y matronas gallinas orondas que se susurraban píos tranquilizadores, mientras familiarmente caminaban casi entre las patitas de la vieja.

Los árboles, casi todos paraísos cargados del verdor del verano, estaban, por el brusco cese de la brisa, concentrados, atentos a aquello que parecía prever el fin del mundo. De un mundo que la oscuridad se nos había achicado a unos pocos cerros esfumados.

Y nosotros allí. Y Mimosa, sonriente:
 -¡Tormentón macho! Capaz de mover un cerro. Pero todo en este mundo tiene cura y a mí no me gusta que me muevan el techo.

Noté que no había tomado las precauciones comunes ante una tormenta, o tormentón macho, como decía. No se había dado el trabajo de cerrar ventanas y puertas y andaba con sus pasitos de pajarito viejo, en su jardín, cortando con cuidado ramitas de romero. Con ellas entró a la casa y salió llevándolas con una copa de agua y un hacha, y como diciéndome “Ya vas a ver”, con sus sonrientes ojitos candorosos de niña vieja, mientras las centellas estallaban en seco sobre nuestras cabezas.

Ella allí, mínima, manojito de huesos enropados, casi un ademán; allí en su jardín sediento, entre las flores finales del verano, sonriente bajo la cúpula negra, sin saber qué hacer con la tormenta: si desviarla hacia un lado o hacia otro, o partirla al medio con el hacha – a la que rociaba con el agua de la copa mediante el ramito de alecrín.

Se despertaba el viento huracanándose, trayéndonos el olor dulzón del capín entre el polvo de la cuesta, mientras los relámpagos desgarraban el cielo emplomado. La vida parecía suspenderse adelantándose a la catástrofe inminente. 

Y ella allí, diciendo:

-¡Te voy a dar! ¡Yo te acomodo!

Sólo quedaba nuestro cerro: la negrura nos había comido el resto, el viento empezaba a peinar los paraísos con un aire sulfurado, macizo, alargador del aliento. Y ella allí, en medio de sus plantas raquíticas bajo un cielo que se despedazaba en truenos y refucilos. Un ser en su límite, desafiando la bravura de una tormenta desencadenada, - en ese suspenso grávido de los grandes momentos - ; haciendo gestos decididos, mandantes, en no sé qué falas contra Santa Bárbara, o diciéndole no sé qué ruegos imperativos, pues el tronar me borraba sus voces.

Y la tormenta bajó la cabeza, y una lluvia mansa, como una disculpa, empezó a caer, mientras el campo y el cielo volvían a ser los nuestros mismos.
 

IGNACIO OLMEDO DE SU LIBRO “YARAO” (BIEN SE LAME EDITOR) 1991


FRONTERAS

Cinco días de huída le pulieron la habilidad animal de andar y andar logrando casi siempre pasar inadvertido. Había incorporado a su marcha el reptar, el deslizarse, el arquearse; el detenerse a tiempo y el disparar celérico; el permanecer inanimado; el trepar aprovechando el mínimo apoyo sin hacer rodar una piedrita. Viboréandose. Venadeándose. Con la sabiduría segura de la sierpe para superar un escollo y con la intuición certera del guazubirá para encontrar un vado. 
Aprendiendo a pasar entre un rebaño o un vacaje sin despertar desconfianza que desatara estampidas que pudieran delatarlo.

Toda su inteligencia y todo su coraje en cada movimiento, administrando su sangre golpeadora y el aliento que le reventaba el pecho, para cada paso, al que había aprendido a sumarle el silencio y el gesto mínimo. Cuidándose, controlándose, exigiéndose lo certero para distanciarse del capataz Camanduá, que había quedado, por su mano, tendido en un revolcadero de polvo y resuellos, con el pecho atravesado por una estaca preparada amorosamente con todo su rencor.

Durante dos días corrió y marchó sin respiro; tratando con desespero de alejarse cuanto dieran sus fuerzas. Sin parar. Sin comer. A agua. Después, durmió casi todo un día en medio del monte, en un hoyo, acurrucado, fetal, con la mordida continua del hambre y en un sueño cruzado de ladridos, galopes, latigazos, bramidos, insultos y sudores.
Temblando de frío, su hambre y su cansancio; por primera vez solísimo; tan sólo acompañado por los monstruos que produce la razón y por las moscas buscadoras de sus llagas.

Sabía, desde el comienzo de la fuga, que sólo después de los cerros largos, sólo después de vadear un río, llegaría a la tierra sin esclavos; sin embargo, desde la primera hora su mirada buscó, escalando la distancia, los cerros azules en dirección al poniente que había elegido como rumbo. Pero fue recién al amanecer del quinto día de marcha cuando finalmente vio
los cerros buscados.

El Yarao, a la distancia borroso, azulino, humoso, pero nítido para su corazón que redobló conmovido.

Buscó entonces seguir una hondonada excavada profundamente por un arroyito en la tierra rojiza, y siguiendo el hábito adquirido de descansar bien escondido, luego de beber hasta la náusea, se mojó la cabeza, los brazos y los hombros y remojó los pies de grietas abiertas por la inchazón, antes de reptar hasta el cubierto de unos arbustos.
Faltaba muy poco; tal vez un día y una noche, si no encontraba una casa que le impusiera un rodeo. Sí, tal vez al fin de la noche siguiente pasaría el paso, y por el layeado del Yuquerí llegaría a la tierra donde sería libre.

Se estiró cuanto pudo y cuanto se lo permitían los costurones resecos de sus espaldas, abiertas a latigazos entrecruzados desde la nuca a la cintura, reabiertos mil veces en el trajín de la huída.

Esperó que clareara totalmente para trepar a un promontorio y desde allí otear buscando caminos, senderos o arboledas plantadas que denunciaran la proximidad de viviendas. El descanso y el frescor de la hora tonificaron su cuerpo y clarificaron sus pensamientos, relegando al animal acosado hasta hacerlo sentirse más dueño de las circunstancias.

Hizo un claro balance de sus fuerzas (de las escasas fuerzas que le quedaban), sin dejarse engañar por la esperanza, que loca intentaba magnificar sus poderes.

Lo último que había comido, de sustancia, había sido una nidada de teros al atardecer  del día anterior; ahora sentía el estómago cargado de agua en una llenez incómoda y engañosa. La espalda le ardía afiebrada con pulsaciones, y sería peor cuando calentara el sol. Sus pies no daban más; el dolor era cada vez más intenso cuando reemprendía la marcha, y demoraban en volverse lo necesariamente insensibles. Pinchazos y desgarrones los fueron tornando más vulnerables, empeorando el dolor de los tendones del talón que le había quedado a consecuencia de los días de cepo anteriores al castigo.

Por lo tanto ésta tendría que ser la última jornada.

El cuchillito corto y de hoja ancha – que no sabe quién puso en su mano cuando proclamó la fuga – no serviría más que para una última e inútil resistencia.

Al levantarse, también se percató de que su olor intensificado, en vaharadas de catinga, subió como para recordarle que su huella fácilmente podría ser seguida por los mastines.

Determinó marchar hasta los cerros en línea recta y luego seguir bordeando la primer corriente que fuese hacia el río, que sabía vadeable por un layeado donde el curso se explaya casi sin barrancas.

Una empecinada firmeza lo hizo llegar, al cabo del día, a la escarpada y abrupta vecindad de los cerros, cuando la asombra la ennegrecía.

Luego, una luna casi redonda lo ayudó en aquella noche larga; luna que se evaporó con las claridades del alba, cuando todo hacía presentir la proximidad del Quareim, ya con horas de espaldas al Yarao.

Una niebla finísima sobrevolaba el río, siguiendo una amplia curva encañonada entre barrancas bordeadas de bosque; la ligera planicie pedregosa de losas oscuras, ensanchaba el cauce hasta duplicarlo.

Entró al agua resbalando por el verdín musgoso que cubría las lajas, por eso se tendió dejándose llevar por la corriente. Al fin, ya en la otra orilla, se volcó de espaldas - ¡por fin de espaldas!- dejándose flotar, ablandar, infiltrar por el agua más tibia que el aire; respirando a todo pulmón sus primeros aires de libertad. Al mismo tiempo sintiendo ganas de  abandonarse, irse hasta el fondo con su pequeña victoria y dejarse en un morir liberador del cuerpo lacerado. Pero se enderezó como pudo, permitiéndose gemir por primera vez; hasta dándose la libertad de oir sus quejidos que ahora ya no era preciso silenciar.

Se apoyó en las piedras del borde y tuvo fuerzas para salir, chapoteando en el barro que formaba el agua que escurrían sus ropas, y siguiendo un trillo comenzó a internarse en un bosquecito. Fue cuando oyó los gruñidos y ladridos de una perrada que se le venía encima.
 

Yuquerí, 7 de setiembre de l876.
Don Alejo Rodríguez Vaz
Valentines

Apreciado amigo: Hace cuestión de un mes me vengo acordando de usted. ¡Ah, si lo tuviera cerca! Seguramente hubiéramos discutido largamente, y usted con esa malvada ironía con que disfraza sus buenos sentimientos, me habría aportado sus latinazgos, pasando por alguna epístola a los Corintios y su iluminado Rousseau hasta llegar a los aires que con atraso están soplando en estas tierras.

Reconozco, ahora que lo pienso, que por la distancia me he librado de esas arteras maquinaciones con que gusta solazarse embretándome en corrales de ramas con sus traposas disquisiciones –que yo sé no son más que una pudorosa máscara para su no asumido cristianismo- ¿Ve cómo soy capaz de alfilerazos?

Voy al grano y le detallo para que se haga cargo:

Tempranito en la mañana en una recorrida por la costa, los perros (entre los que iba el galgo que usted me regaló) con gran barullo se le fueron encima a un negro que parecía salido del infierno, si no fuera que venía chorreando agua por haber vadeado el paso que usted conoce.

Tuve que galopar y, a fuerza de gritos y latigazos, ponerlos lejos del infeliz desconocido, que estaba armado, empuñando un cuchillito grueso y bufando como el bicho acosado que era.

Dudé qué hacer, al no saber el grado de peligrosidad que tendría. Pero al verlo tambaleante y tan necesitado de auxilio, desmonté arrojando lejos el arreador. El dejó caer el cuchillito cuando intentó entregármelo y por poco se fue al suelo si no lo sostengo a tiempo.

Me lo llevé al puesto (no a la estancia) pues, reconociendo que era un negro fugado, pensé que mejor y más secretamente lo podría guardar allí, donde tengo una pareja de morenos viejos de mi total confianza.

Así lo tuve escondido, con el cuidado de ellos, que tuvieron que atenderle desde los laceramientos hasta una fiebre de la que costó salir, enmagreciendo mucho. Le ahorro los detalles en honor a su buen gusto. La cosa es que salió de aquel estado lamentable y lo llamé “Francisco” (libre), que seguramente usted apreciará como apelativo. Dejo que le busque un apellido que le convenga; mejor si portugués, porque a un hombre de veinticinco años no se le desprenderá fácilmente el sotaque.

Francisco no nos defraudará: hasta en el porte se le nota que tiene carozo; es de andar altivo y mirada firme, que dan indicio de que dignidad le sobra (Usted acotará que la dignidad nunca ha estado de más en estos y otros tiempos), además de haberlo demostrado.

En el estado que va, va derecho a la invernada; pero un hombre fuerte, y de buena dentadura, se recuperará en poco tiempo. Aguántemelo el lapso que tome en reponerse, y después que haga lo que quiera. Va con algún dinerito por si decide marcharse.

Aquí no puedo esconderlo más pues, aun bajo mi protección, en esta desdichada frontera donde hasta la mano de Dios es insegura, cada día está más en peligro. Espero que el acompañante de Francisco me traiga una de esas lindas cartas suyas que, aunque me revuelven los sesos, dan consuelo a estas soledades. Suyo, afectísimo su amigo.

Luis Lima Barreto.

IGNACIO OLMEDO DE SU LIBRO YARAO (BIEN SE LAME) 1991

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