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ELAINE MENDINA
por José Salvador (Artigas, 12.06.99)

A manera de prólogo. 

   Los grandes cambios de esta era, están moldeando con nuevas manos el desarrollo de la cultura. Formas de expresarse distintas a las conocidas consigue el hombre, al revisarse los métodos tradicionales de comunicación.
   Las artes experimentan con herramientas virtuales y hoy nadie se extraña de ver arte sin lienzos, sin instrumentos musicales, sin papel.
   Al parecer, el gran avance en el arte es haber descubierto que, sin poner en peligro la calidad artística, pueden ser trocados los utensilios.
   Sin más preámbulos aquí está el nacimiento de @RTILETRAS. A través de este nuevo concepto, miles de revistas electrónicas caminan con paso firme desde hace años, dentro y fuera de la red. @RTILETRAS sólo quiere aportar lo suyo en la divulgación del material que han producido, y siguen produciendo los escritores artiguenses, conocidos o no. En muchos casos las ediciones están agotadas, otras fueron realizadas artesanalmente, con tirajes muy pequeños, o simplemente el autor aún no ha podido dar a conocer su trabajo por falta de recursos y de apoyo. En lo posible, con cada trabajo, una reseña con datos de la vida de cada autor, y una muestra de su obra. Es posible que muchos artiguenses que están ausentes desde hace mucho tiempo, recuerden o conozcan a autores y actores, otros más jóvenes tal vez nunca los oyeron nombrar, entonces aquí tenemos una oportunidad de reencontrarnos o acercarnos por primera vez a nuestros valores.  En esta, nuestra primera edición, no podemos asegurar nada. Tan sólo anunciaremos que nuestra intención es apoyar a la literatura como arte, sin mayor complicación y sin el absurdo del compromiso. Sólo queremos que nuestros lectores queden satisfechos.

 


ELAINE MENDINA nacida en Artigas en 1956, maestra desde muy joven, sacudió a los amodorrados feligreses de las capillas literarias con un pequeño libro integrado por dieciocho cuentos. Se trataba de IBRAHIM Y LOS OTROS, premiado por el Ministerio de Educación y Cultura. 
Concisión; puntería de flecha Zen para dar en los blancos; remates de fuerte impacto; visión comprometida del mundo silenciado de los pobres; rico aire artiguense, no sólo por la sabrosura bayana del lenguaje sino por la digna y profunda escencialidad de los hombres y mujeres de aquella tierra que aparecen en tanto que personajes, tales son los más notorios de aquella obra prima.
A Ibrahim y los otros siguió, dos años después en -1992 - Primera luna, trece cuentos que afirmaron y confirmaron la originalidad y la fuerte personalidad de la sorprendente narradora que, sin pedirle permiso a nadie, se integró a la avanzada de lo que puede ya definirse como la literatura regionalista del norte. Recordemos Yarao de Ignacio Olmedo y La casa del Juglar de Leonardo Garet.
Pero en tanto que en las obras regionalistas de Olmedo y Garet están presentes los destellos del “realismo mágico “, en la obra de Mendina no es posible esperar zonas lenitivas aligeradas por la fantasía, sino apenas, las esperables sorpresas que una y otra vez depara la miseria.
Pero si en las obras citadas de Elaine Mendina la creación se resuelve siempre en un plano de estricta realidad (salva sea la discusión que esta palabra legítimamente exige) no está ausente de ellas el humor patético que es, naturalmente, una forma pudorosa de amor para con las criaturas, las pobres criaturas, las criaturas pobres...como las que aparecen en los catorce cuentos de su tercer libro: El otro Circo, editado en 1992.
Felizmente disponemos de un documento de primera agua que permite conocer lo que la autora piensa de su obra. En efecto, en Ibrahim y los otros, el último relato, “Cuento sin título”, narra las vicisitudes de un escritor, personaje bajo cuya efigie se encubre Elaine Mendina en busca del editor.
               “Este tipo, escribía. Miraba lo que pasaba a su alrededor,
               la gente, las plantas, el trabajo. Miraba el atardecer y los ríos.
               Se fijaba en los sucesos y las costumbres.
               Y escribía sencillito, escribía.”
Este párrafo ejemplar enuncia en forma jerarquizada los temas que le son propios: la gente, los acontecimientos y las costumbres. Y la escritura: sencillita. No importa el tono paródico y sarcástico con que concluye el relato. Sí importa señalar que la escritora hizo una opción por la sencillez y que la asume contra todos los embates del intelectualismo y  la moda post moderna.

(Parte del prólogo, escrito por Mercedes Ramírez, para su último libro: Pueblo blanco )
 
 

Ibrahim

     No se cuántos años tendría.
     Parecía viejo, pero tal vez no lo fuera: el trabajo bruto y la caña brasilera hacen milagros con el aspecto de un hombre. Milagros atroces.
     Esas eran las especialidades de Ibrahim: el trabajo bruto –como peludo cañero cuando empezaba la zafra- y la caña brasilera al fin de cada quincena. Al principio, porque después era una sola y continuada borrachera, empezada un día de pago y retocada después noche tras noche.
     Era bueno en las dos cosas. Sacaba solito una lucha y la cargaba; se bebía, también solito, un litro de aguardiente fronterizo, alcohol casi puro hecho de cualquier cosa, coloreado y etiquetado.
     Una noche, más borracho que de costumbre en el miserable bar del bajo cercano a los obrajes, dio en repetir, entre uno y otro vaso, la misma afirmación al cantinero, un 
peludo viejo convertido en comerciante, de apellido Cantos.
     -Homem, aquí neste bar, e so nos dois: eu e o Cantos. ¿nao é, Cantos?
     El cantinero asentía, un poco molesto, y seguía atendiendo a los parroquianos que rodeaban el mostrador y el billar.
     Ibrahim se sosegaba un rato, medio dormido sobre el vaso. Pero de repente se acordaba de su coraje y repetía, aumentando, su estribillo:
     -Homem, mas homem mesmo que nao tem apañado de ninguém, aquí nestes bairros, e só nos dois: eu e o Cantos.
     Y dirigiéndose al otro
     -¿Nao é, Cantos?
     El cantinero, viendo que los escasos parroquianos habían entrado a mirar de reojo a Ibrahim, optaba por no contestarle. Nervioso, seguía secando vasos detrás del 
sucio mostrador de tablas.
     Ibrahim se aquietaba, medio dormido.
     Las moscas zumbaban en el aire denso de alcohol y humo, y los hombres volvían de la momentánea interrupción a su charla, su partido de billar o su bebida silenciosa.
La paz se restablecía.
     Al cabo de un rato, Ibrahim revivía sobre el mostrador
y volvía a la carga:
     -Eu garanto. Homem de verdade, que nao se corre, mas homem mesmo, aquí nestes recantos, e só nos dois: eu e o Cantos.
     Y miraba al otro,
     -¿Nao é, Cantos?
     Un obrerito joven, con el cansancio reciente y malhumorado del que todavía no acostumbró el cuerpo al trabajo durísimo, se había ido encocorando más y más, en
rabioso silencio, frente a la bravuconería alcohólica y machacona del otro. Apretaba en una mano el vaso de caña y en la otra la vaina del facón de despuntar, que llevaba
consigo por acaso. Cada vez más irritado, sorbía su bebida sin hablar, mirando de vez en cuando el rincón donde Ibrahim se recostaba.
     Ajeno al creciente malhumor del otro, Ibrahim volvió a la carga.
     -E assim mesmo. Homem que nao apaña, homem de verdade que nunca levou zurra de ninguém, aquí neste Uruguay todo, só nos dois: eu e o Cantos. 
Y miró al patrón para completar su cantinela, pero no llegó a hacerlo: furioso, desbordado, y posiblemente un poco entonado también, el peludo joven se le vino encima sin decir palabra.
     Sacó la vaina del facón, de cuero grueso, y empezó a descargar planchazos sobre Ibrahim, que aunque no era en modo alguno un hombre débil, estaba demasiado bebido para defenderse.
     Se acalambró la mano bajando vainazos sobre el otro, que terminó rodando bajo el billar, en parte para protegerse y en parte por la imposibilidad de tenerse en pie.
     Los parroquianos seguían atentos, sin interrumpir ni tomar partido: de peleas de borrachos en bares, más de uno terminó apuñalado sin comerla ni beberla, por meterse a comedido.
     Cuando el mozo se cansó de pegar, tiró el dinero sobre el mostrador, se encasquetó la gorra y se fue.
     Ibrahim, saliendo a cuatro patas de abajo del billar, miró cuidadosamente a uno y otro lado, como para asegurarse de que su enemigo ya no estaba.
     Todavía a gatas, alzó los ojos hasta el cantinero que lo miraba a través del mostrador y le dijo en tono triste:
     -Agora so fica tú, Cantos.
 

Nota:
Este breve cuento abre el libro IBRAHIM Y LOS OTROS, editado por 
MONTE SEXTO en 1990  (AGOTADO)

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